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¡O, gran Dios mío, señora Santa María, o altícimo señor, nuestro rrey católico, doleos de ello de la criatura hechura que le costó tanto trauajo y castigos
y tormentos y muerte y conprado con su preciosa sangre, doleos, Jesucristo,
de buestros pobres! ¡O, señor, nuestro rrey, de buestra hacienda cómo se a
perdido ochenta ánimas! Al padre no se le da ni al corregidor de ello porque
a de desollar y quitalle todo quanto tiene el pobre: el corregidor desuella. Y
lleua doze mil y otras cosas. Después, este dicho corregidor haze justicia,
ahorca porque hurtó este pobre yndio o porque estubo amansebado. Le destierra a sus yndias a otras ciudades y no mira el hurto de la caxa ueynte mil,
el dicho corregidor y padre otro tanto, el comendero, otro tanto. Y ancí en
este rreyno desuella y se cirue de los pobres de Jesucristo.
¡O, sodomía de cristiano españoles! ¡Cómo nos haze tragaros Dios ni os
mata! Por un teatino en el sermón dixo que todos los yndios auían de morir
y acauar en las minas y en las manos de los corregidores y españoles y de
los padres saserdotes en este rreyno.
Y ancí como uide tanto tormento de los pobres, y del sermón del padre
teatino que todos nos quiere mal, y de auer muerto 80 yndios, me acordé
de yr al pueblo de San Cristóbal, adonde hallé a un yndio mandoncillo de
dies yndios llamado don Juan Quille, el qual le cirue de ualor de cinqüenta
pesos. Y de ello me pagó un caballo castaño claro de los dies